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Y las islas Saint Kilda se quedaron solas



Después de cómo mínimo dos milenios, el 29 de agosto de 1930, fueron evacuados los últimos 36 habitantes de Saint Kilda, una de las comunidades más aisladas del Reino Unido, que hasta mediados del siglo XIX había vivido casi sin contacto con el mundo exterior. Finalmente, las influencias externas habían acabado arruinando su modo de vida propio marcado por la autosuficiencia.

The Street en 1886

No se conoce de la existencia de ningún santo con el nombre de Kilda, por lo que existen diferentes teorías que intentan explicar el nombre del archipiélago, que aparece escrito por primera vez en un mapa holandés de 1666. Una de las que cuenta con más adeptos sostiene que el nombre es una proviene por degeneración de “sunt kelda”, pozo de agua dulce en nórdico antiguo.

El archipiélago está formado por varias islas. La más grande, de unas 670 hectáreas, se llama Hirta y es donde se encuentra el punto más alto de todo el archipiélago, Conachair, de 430 metros. La siguen Soay, de apenas 100, y Boreray, de 86. El archipiélago forma parte de las Hébridas Exteriores aunque está situado a 64 kilómetros del resto de islas de ese archipiélago.

Es precisamente este aislamiento el que ha permitido a Saint Kilda ser el hogar de dos subespecies endémicas, el chochín y el ratón de campo de Saint Kilda. En el pasado había una tercera, el ratón doméstico, pero después de la evacuación de la población humana acabó desapareciendo.

Este aislamiento ha sido también el responsable de la escasa biodiversidad de las islas. La vida vegetal está fuertemente influenciada por la sal del mar del ambiente, los fuertes vientos y la acidez del suelo. No hay árboles en ninguna de las islas, aunque sí unas 130 especies distintas de plantas.

Dún, situado en una de las puntas de Village Bay y de 178 metros de altura. Foto Lyonheart 

Los primeros humanos parece que llegaron a la isla durante la Edad de Bronce, aunque, recientemente, se han encontrado restos de un posible asentamiento neolítico anterior, por lo que podrían haber estado habitadas ya hace cinco mil años. En cualquier caso, la primera referencia documental que tenemos de ellas es la de un clérigo islandés que en 1202 dice haberse refugiado en una isla llamada “Hirtir”. De esta época, se han encontrado broches, espadas de hierro y monedas danesas que indican una presencia vikinga más o menos constante en Hirta, aunque no queda ningún otro resto arqueológico de esa presencia.

Históricamente, las islas formaron parte de los dominios clan de los MacLeod de Harris. Los MacLeod las gestionaban a distancia y era su administrador el que solía pasar una temporada en ellas durante el verano. En ocasiones, acudía acompañado de hasta una cincuentena de personas, algunas de ellas pobres y a las que se esperaba que los habitantes de St Kilda les ofrecieran su hospitalidad.

El administrador era el encargado del cobro de las rentas y otros derechos. Hasta el siglo XIX, no se introdujo el dinero en la isla, por lo que estos pagos se hacían en especie. El administrador recibía cebada, avena, pescado, productos de la ganadería y especialmente de las aves marinas, como plumas y aceites, que luego vendía para obtener dinero. Después, destinaba una parte de ese dinero para la compra de productos “importados” para la población.

A los pies de los acantilados (1898)


Cazando frailecillos (1898)

Los propietarios obtenían un beneficio económico, pero también asumían una responsabilidad para con los isleños y era habitual que durante periodos de escasez renunciaran a parte de la renta y les enviaran suministros y comida. En parte era por interés propio, pues le interesaba que los habitantes tuvieran un nivel de vida aceptable y siguieran allí para generar la próxima renta anual.

Algunos consideran que el modelo de organización social de las islas se podría resumir como un comunismo feudal. A pesar de tener un administrador y un “señor”, la mayor parte del año la comunidad se sentía libre, pudiendo vivir a su manera. De acuerdo con este enfoque “comunista”, las tierras se repartían siguiendo un sistema de rotación. Cada arrendatario tenía parcelas repartidas por toda la zona cultivable y cada año cambiaban.

La única isla habitada era Hirta y nunca contó con una gran población. Se calcula que en su punto máximo, a finales del siglo XVII, vivían en ella unas 27 familias, lo que suponía un total de 180 personas. Esta población fue fluctuando en función de la emigración y de las enfermedades. Así, en 1727, una epidemia de viruela la redujo a tan sólo 30 personas. Los propietarios de la isla se apresuraron a repoblarla con gentes de otras islas, a las que atrajeron mediante la oferta de tierras a cambio de una renta razonable y de un estándar de vida aceptable para la época.

Las gentes de Saint Kilda eran sencillas y pobres, según la descripción del clérigo escocés Donald Monro que visitó las islas en 1549. Según este clérigo, contaban conescasos conocimientos de ninguna religión y esto a pesar de que el administrador de los MacLeod durante su visita veraniega a la isla hacía venir un capellán, que, entre otras cosas, bautizaba a los niños.

Reparto de los fulmares cazados. Foto de George Washinton Wilson

En opinión de algunos, el aislamiento y la dependencia de la naturaleza para su supervivencia hacía que muchos de los habitantes de St Kilda tuvieran unas ideas más próximas a las de los antiguos druidas que a las cristianas. Algunas fuentes sostienen que existían hasta cinco altares druídicos hasta poco antes de la llegada en 1822 del reverendo John MacDonald.

MacDonald se tomó su misión muy en serio y durante ocho años realizó visitas periódicas a la isla. Pese a que algunos lo critican por tener escasos conocimientos religiosos, MacDonald consiguió despertar un gran entusiasmo entre la población que lloró amargamente cuando se marchó por última vez ocho años después.

Su sucesor fue el reverendo Neil Mackenzie, que llegó el 3 de julio de 1830. Durante su estancia mejoró enormemente las condiciones de la vida en Saint Kilda. Reorganizó su agricultura de manera que cada arrendatario tenía su propia parcela, mayor que las anteriores y fija, y, además, fue el responsable de la creación de una escuela dominical para la educación religiosa y de la primera escuela de asistencia diaria en la que se enseñaba a leer, escribir y aritmética básica.

Finlay McQueen y su hija trabajando sus campos en 1910
Niños en la escuela

El papel del nuevo reverendo resultó igualmente decisivo para la construcción del nuevo pueblo. El pueblo antiguo estaba formado por unas 30 casas bajas en Village Bay (había otro asentamiento secundario usado solamente durante los veranos en Gleann Bay). En Village Bay, había un poco de todo, desde las típicas casas negras de las Hébridas, hasta otras más peculiares que tenían forma de colmena. Estas últimas eran unas construcciones en piedra seca abovedadas y que, en vez de una cubierta de paja, estaban cubiertas por una capa de césped que las protegía de los vientos y del agua de la lluvia. En algunos casos, las camas estaban construidas en los muros de las casas para dejar espacio para el ganado que se guardaba en primavera e invierno dentro de las casas.

Aparte de las casas del pueblo, Hirta estaba llena de “cleits”, otro tipo de construcción en piedra seca y que era utilizado como almacén, aunque alguna vez podría haber sido usado como refugio temporal. Los había en forma de colmena o más cuadrados cubiertos con losas alargadas de piedra.

Los cleits, al igual que las casas, también solían estar cubiertos por una capa de césped, pero no así sus paredes laterales. De esta manera, el agua no podía entrar, pero sí el aire, un aire marino impregnado de sal que resultaba ideal para la conservación de la carne de las aves, de sus huevos, del grano, patatas, estiércol o césped seco para el fuego. Según algunos expertos, la entrada solía estar bloqueada por media docena de piedras apiladas unas encima de otras, sólo los más grandes y mejor construidos contaban con una puerta de madera. En total, se calcula que en Hirta había unas 1.200 de estas estructuras y otras 200 repartidas por el resto de islas ystacks.

El edificio más antiguo de las islas, sin embargo, se descubrió en 1844. Se trataba de un subterráneo de aproximadamente 2.000 años de antigüedad y que los isleños supusieron que habría servido como refugio o escondite, aunque hoy en día se cree más posible que se trate de un pozo de hielo.

Acuarela de David Quine que muestra pueblo en 1831 en la que se pueden ver varias black houses cubiertas con techos de paja.

El pueblo en 1886.
The street en 1886

Como en Saint Kilda no crecía ningún árbol, toda la madera que se utilizaba en la construcción venía del exterior, ya fuera arrastrada por las mareas o en barcos. Así no era de extrañar que como pasaba en otras islas, en muchas ocasiones, las vigas de madera del tejado se convertían en la parte más cara de la casa.

El nuevo pueblo se construyó gracias a una donación hecha por Sir Thomas Dyke Ackland. En total se construyeron 30 casas organizadas en torno a una calle en forma de media luna. Las casas eran las típicas casas negras de la Hébridas con una sola habitación que en invierno las familias compartían con su ganado. Fue una mejora importante, las nuevas casas con muros de piedra dobles y con una capa de barro en el interior resultaban mucho más confortables que las antiguas, que no dejaban de ser un “cleit” de mayor tamaño. En 1860, después de que un vendaval dañara seriamente las casas construidas en 1830, se construyeron otras, esta vez de dos habitaciones y con un pequeño recibidor en la entrada y las construidas en 1830 pasaron a dedicarse en exclusiva para cobijar el ganado. Las nuevas casas eran mucho más higiénicas y luminosas que las anteriores. Sin embargo, tenían unas paredes y un tejado de menor grosor que las anteriores, lo que hacía más difíciles de calentar sin el carbón que se llegaba desde tierra firme.

La estancia del sucesor de Mackenzie, John Mackay, sin embargo, no fue tan positiva para la isla y sus gentes. De hecho, muchos consideran a MacKay uno de los mayores responsables de la destrucción del modo de vida tradicional de Saint Kilda. Este reverendo introdujo tres servicios religiosos de 2 a 3 horas de duración cada domingo y que eran de asistencia obligatoria, además de varias reuniones durante la semana. No es de extrañar que todo este tiempo que los isleños tenían que dedicar obligatoriamente a las prácticas religiosas y a su preparación comenzó a afectar al que dedicaban a sus tareas cotidianas.

El rigor de MacKay era tal que en una ocasión, cuando la isla estaba pasando por una temporada de escasez, llegó un barco “al rescate” con víveres un sábado. Pese a la gravedad de la situación, el reverendo consideró que los parroquianos tenían que dedicar lo que quedaba del día a prepararse para el domingo y les prohibió acudir a su descarga. No quedó otra opción que esperar hasta el lunes para que el barco fuera descargado.

Foto de Kyle Christie 


Cleits, foto de Steve Goldthorp

Los veinte años que Mackay permaneció en la isla fueron malos para Saint Kilda, pero no fue mejor el efecto del turismo. El siglo XIX trajo consigo el fin del aislamiento secular del archipiélago y los vapores cargados de turistas comenzaron a visitar Saint Kilda durante los meses de verano. Los ingleses de la época victoriana quedaron fascinados por aquellos compatriotas suyos que hablaban gaélico y comían frailecillos cocidos con gachas de avena y que vivían en estructuras de piedras con forma de colmena.

Unas gentes que cada mañana se reunían en su “parlamento” para decidir cómo se repartían las tareas comunitarias. Una reunión que no era liderada por nadie y en la que todos tenían el derecho de tomar la palabra. A menudo las discusiones creaban discordia, pero ninguna lo suficientemente para dividir de forma permanente a la comunidad. Aunque no era una sociedad tan utópica como se pudiera pensar, lo cierto es que no se tiene constancia de que se cometiera ningún crimen en las islas ni de que ninguno de sus habitantes luchara en ninguna guerra durante cuatro siglos de historia.

La vida en Saint Kilda era sencilla, como la dieta de sus habitantes. Un dieta basada en la agricultura de subsistencia y que se complementaba con los huevos y la carne fresca o curada de las aves marinas que anidaban en la isla durante la época de cría, durante la cual se calcula que pasaban casi un millón de aves por ella. Los isleños trepaban y se descolgaban con gran habilidad por los acantilados y los stacks marinos sujetos por cuerdas para recoger los huevos y los polluelos de alcatraz, fulmar o frailecillo. Era una actividad arriesgada y se producían accidentes, pero no tantos como se pudiera pensar.

Las plumas se vendían para hacer colchones y el aceite del estómago de los fulmares era un producto muy preciado por sus propiedades medicinales. Los isleños mataban una cantidad de aves marinas nada desdeñable. Según algunas estimaciones que parecen bastante razonables, en la década de 1830, podían rondar los 4.000 alcatraces y los 12.000 fulmares. Aunque por la cuenta que les traía, en ningún momento parece que estas cacerías llegaran a diezmar la población de aves marinas de las islas.

Ventana externa
St. Kilda, Its People and Birds (1908). Filmación en la que se puede ver a los isleños descendiendo por los acantilados para cazar fulmares. Ver en youtube.com 

Los isleños también se alimentaban de carne de oveja, ternera, cereales y productos frescos, todos productos locales. La leche de oveja se utilizaba además para hacer queso. En varias ocasiones, intentaron, aunque con diferente éxito, cultivar patatas, coles o nabos para complementar la dieta. Sin embargo, la pesca, en parte por no contar con un muelle adecuado hasta 1901 y por lo peligroso e impredecible de las aguas que rodeaban las islas, no fue nunca una fuente principal de alimento. En cualquier caso, el modo de vida de los habitantes de Saint Kilda difería en poco del de cualquier otra isla del Atlántico Norte.

En un principio, el turismo tuvo un efecto positivo al proporcionar a los isleños la posibilidad de obtener unos ingresos extra vendiendo tweeds (tejidos tradicionales), calcetines, guantes, huevos de los pájaros y otros productos ornitológicos a los turistas. Sin embargo, el precio a pagar acabó resultando demasiado alto. Por un lado, laauto-estima de la comunidad se vio extremadamente resentida al sentirse como unas meras curiosidades, pero aún fue peor el efecto que tuvieron las enfermedades que los barcos traían.

El "parliament"

Durante el siglo XIX, parece que la salud de los habitantes de Saint Kilda era mejor que la del resto de habitantes de las Hébridas. Sin embargo, ahora se trataba deenfermedades nuevas, hasta entonces desconocidas en la isla, como, por ejemplo, el tétanos infantil, una enfermedad que supuso un incremento del 80% de la mortalidad infantil en Hirta.

Además, poco a poco, la isla comenzó a perder su autosuficiencia, pasando a depender cada vez más de la comida, el combustible y los materiales de construcción que venían de fuera. En 1852, 36 de sus habitantes emigraron a Australia, aunque muchos murieron en el camino. Con esta marcha comenzó la lenta decadencia de la isla. A medida que la población comenzó a disminuir, se hizo más evidente el sentimiento de aislamiento, especialmente al no contar con un medio de comunicación que les conectara con tierra firme. Sólo les quedaba la opción de enviar una especie de mensajes en una botella. El primero de ellos en 1876, durante un período de escasez. Dentro de una caja estanca de madera con forma de bote atada a una vejiga de oveja que hacía de flotador, enviaron una carta pidiendo ayuda. Fueron muchos los mensajes que arrastrados por las corrientes llegaron hasta Escandinavia y Escocia.

The Street en la actualidad. Foto de Rob Sutton 

Vista de Village Bay en la actualidad. Foto de weychan

A principios del siglo XX, sin embargo, la isla y su población parecían volver a recuperar el optimismo. Atrás quedaban los primeros planes de evacuación de Hirta del 1875. Se creó la primera escuela “formal” en la isla, donde los niños comenzaron a aprender inglés aparte de su lengua materna, el gaélico. La enfermera residente y el nuevo ministro introdujeron mejoras sanitarias que redujeron la incidencia del tétanos infantil. A pesar de algunos periodos de escasez y una epidemia de gripe en 1913, la población se mantenía estable en torno a las 80 personas.

Después llegaría la Gran Guerra, cuando la Royal Navy instaló una emisora en Hirta y por primera vez la isla estuvo conectada con la tierra firme. La instalación duró poco porque el 15 de mayo de 1918 un submarino bombardeó la isla y la destruyó. 77 proyectiles cayeron sobre Hirta, varias edificaciones sufrieron daños, pero afortunadamente no hubo pérdidas humanas. Como protección para posibles ataques futuros, se instaló una batería de artillería, aunque nunca hizo falta dispararla. Durante esta época comenzó también el desarrollo de una economía basada en el dinero, que hacía la vida más fácil, pero más dependiente del exterior.

Stac Lee. Foto de Iancowe 

La llegada de los militares, produjo un efecto similar al que años antes había producido la llegada de los primeros turistas, al hacer más evidente a ojos de los habitanteslas privaciones que padecían en su vida diaria. A pesar de la construcción en 1902 de un pequeño espigón, las islas seguían estando incomunicadas durante los períodos de mal tiempo. Después de la guerra, la mayoría de los hombres jóvenes emigraron y la población pasó de las 73 personas que había en 1920 a tan sólo37 en 1928.

Al marcharse la mayoría de jóvenes, se hizo mucho más complicado continuar con el antiguo esquema de reparto de las tareas cotidianas según el cual los más capacitados se encargaban de conseguir el alimento para aquellos que no podían valerse por sí mismos, ya fuera porque eran personas mayores o por estar enfermos. De esta manera, las condiciones de vida de los quedaron se resintieron.

Posteriormente, en 1926, murieron cuatro hombres de los que se habían quedado de gripe. Todo esto coincidiendo con una serie de malas cosechas. Sin embargo, la gota que colmó el vaso fue la muerte por apendicitis de una chica embarazada en 1930. Los isleños hicieron señales a un barco que pasaba por la zona para que acudiera a ayudar a la joven, pero las olas hicieron imposible enviar un bote en su búsqueda. Tuvieron más suerte unos días más tarde, esta vez otro barco que pasaba sí que pudo enviar un bote para recogerla, sin embargo, para cuando la joven llegó al hospital de Glasgow era ya demasiado tarde para salvarla a ella o al bebé.

Embarcando para quizás no volver jamás a Saint Kilda

Finalmente, el 10 de mayo de 1930 la comunidad decidió enviar una carta colectiva a William Adamson, el Secretario de Estado para Escocia, solicitando su evacuación. En ese momento la isla pertenecía a Sir Reginald MacLeod, quien afirmó, con algo de tristeza, que aquellas familias que se marchaban habían sidoarrendatarias de su familia durante mil años. Su afirmación no se puede verificar, pero es probable que tenga algo de cierto.

Los habitantes de las islas fueron realojados en Argyll. El gobierno se encargó de proporcionarles casa y trabajo. Los hombres pasaron a trabajar para el servicio forestal. Era la primera vez que tenían un jefe y era, además, un curioso trabajo para alguien que había vivido toda su vida en una isla en la que no crecían los árboles.

La adaptación no fue fácil. Los isleños no estaban habituados a una economía basada en el dinero. En las islas todo se repartía a partes iguales y todos se ayudaban entre sí. Sin embargo, en tierra firme todo era muy distinto. El sueldo no era suficiente, pero tampoco contaban con ahorros ni pensiones. Además, su resistencia a las enfermedades era menor que la de las gentes del lugar. Varios niños murieron de tuberculosis en los años siguientes a la evacuación. No es de extrañar que los isleños no tardaran en sentirse desilusionados. La evacuación no había resultado ser la solución a todos sus problemas, como ellos esperaban.

Ventana externa
St Kilda Britain’s Lonliest Isle 1928, documental que muestra la visita del primer barco, después de 9 meses de aislamiento. Ver en youtube.com 
Con el paso del tiempo y los esfuerzos del gobierno, los más jóvenes se fueron adaptando y pudieron optar a una vida mejor, sin importarles, aparentemente, que esto supusiera la desaparición de un modo de vida único y ancestral.

Por su parte, el antiguo señor, Reginald Macleod, vendió las islas a Lord Dumfries un año después de la evacuación. Durante los años siguientes, las islas permanecieron en soledad durante la mayor parte del año. Sólo en verano, con el regreso de alguna de las antiguas familias, la vida parecía volver a la isla. Aunque poco a poco, las visitas fueron disminuyendo y en 1939 los tejados de las casas comenzaron a hundirse. Hasta 1957, las islas no volverían a estar habitadas. Unos años antes, el gobierno británico incorporó Saint Kilda a su sistema de seguimiento de misiles, para lo que se construyeron una serie de instalaciones militares.

Una de las casas durante el invierno. Foto de jonesor 

Hoy en día, aunque no cuenta con residentes permanentes, Hirta continúa habitada durante todo el año por un pequeño número de civiles que trabajan en la base militar. La población aumenta en verano con la llegada de científicos y equipos de voluntarios que colaboran en los trabajos de conservación de las casas y muros que aún quedan en la isla. De los habitantes que vivían en la isla antes de la evacuación, en 2009 sólo quedaban vivos dos.

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+info:
- St Kilda, Scotland in en.wikipedia.org
- St Kilda, a World unto Itself (PDF) by Nick Atiken in stonexus
- St Kilda in Abandoned Communities
- St Kilda by The National Trust for Scotland
- St Kilda: the edge of the world in guardian.co.uk
- The Cleitean of the St. Kilda Archipelago in the Outer Hebrides by Chistrian Lassure
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La España de los OVNIS

EL MUNDO







Ovnipresencia


«Cien aterrizajes de ovnis, objetos voladores no identificados, han sido catalogados en la Península Ibérica desde 1925, año en que se tiene noticia del primer caso, hasta 1970...».
El periódico 'La Vanguardia' del 26 de julio de 1972 se hacía eco de esta curiosa estadística, y es que la literatura generada por estos fenómenos ha sido bien extensa a lo largo de la historia: ovnis, avistamientos o encuentros con extraterrestres son un suculento bocado para ¡vender periódicos o libros! Hay quien afirma, por ejemplo, que los ovnis seguían a Franco en muchos de sus desplazamientos. Mención especial merece el caso Ummo, uno de los más famosos expedientes X del país, según el cual habitantes del planeta Ummo mantuvieron contacto en la década de los setenta con ufólogos y contactistas españoles. También tuvo mucha repercusión mediática el llamado caso Manises: en noviembre de 1979 un avión de la desaparecida compañía TAE tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto valenciano de Manises debido a la posibilidad de colisión con unas extrañas luces rojas que se divisaron desde la cabina de los pilotos. Un ingeniero técnico demostraría años después que dichas luces eran las llamaradas de las torres de combustión de una refinería de Cartagena (www.anomalia.org).
Periodistas sensacionalistas, vendedores de misterio o investigadores serios -que alguno hay-. Son muchos los que han escrito sobre esta temática que sigue despertando interés, prueba de ello son las numerosas referencias que se encuentran sobre ella en Google… Con esta serie de artículos les invitamos a un viaje por algunas de las zonas de España donde han creído verse objetos voladores no identificados: Madrid, Huelva, Badajoz, Cáceres y Valencia… Paisajes marcianos, lugares abandonados, misterios no resueltos... Bienvenidos a la España sobrenatural.


Dólmenes y ovnis


Valencia de Alcántara, 21 de febrero de 1967. Un platillo volante, dice haber visto, sobre las seis de la mañana, el vecino de Valencia de Alcántara don José Núñez Barreiro. Según afirma, vio un gran resplandor que supuso sería procedente de algún incendio, y al asomarse a la ventana observó cómo un disco del diámetro aproximado de una rueda de carro, rodeado de un círculo amarillo, se encontraba a escasa altura. Siguió con la vista las evoluciones del objeto durante unos veinte minutos hasta que el supuesto vehículo espacial desapareció sin ruido alguno en dirección N.O. De la seriedad y solvencia del señor Núñez Barreiro, el vecindario de Valencia de Alcántara da fe.
El posible avistamiento de un ovni, recogido por la prensa local de la época, es uno de los muchos que ha tenido lugar en esta población de la provincia de Cáceres, donde existen testimonios de avistamientos entre 1967 y 1996, periodo en el que se desarrollaron fenómenos extraños en Valencia de Alcántara y otras localidades como Herrera de Alcántara, Aliseda y Cedillo. En Herrera, por ejemplo, los medios de comunicación se hicieron eco en 1974 de la presencia de un gran objeto anaranjado en forma de rombo que sobrevoló el casco urbano. También hay testimonios de otros avistamientos en Trujillo, en localidades de las Hurdes como Cambroncino, Martilandrán, donde, desde épocas ancestrales, muchos de sus habitantes hablan de las luminarias, extrañas luces vistas en el cielo.
La zona de Valencia de Alcántara es rica en arquitectura megalítica puesto que posee un total de 46 dólmenes (monumentos funerarios) en buen estado, así como otras reliquias de hace más de 5.000 años. ¿Por qué esta región ha aportado tantos casos al catálogo de posibles avistamientos de ovnis en España? Muchos ufólogos consideran que existe cierta vinculación entre los ovnis y lugares que conservan restos prehistóricos. «Cité el caso de Herrera de Alcántara en mi libro 'Ovnis, el fenómeno aterrizaje', pero para un estudio posterior lo eliminé por considerar que no hubo evidencia de que el fenómeno fuera un verdadero 'encuentro cercano'», explica el experto ufólogo Vicente Juan Ballester, único civil que participó en la desclasificación de los archivos Ovni del Ministerio de Defensa que tuvo lugar entre los años 1992 y 1997.
Un total de 84 expedientes, algunos datados en 1962, vieron la luz en esos años. En la actualidad, el fenómeno ovni no acapara las planas de los periódicos, pero sí ha habido épocas de especial interés por parte de la prensa, lo que acrecentaba la alarma de la población. «1968-1969, 1974-1980 y 1996 son algunos años de verdadera oleada mediática», cuenta Ballester. Mientras tanto, los paisajes de Valencia de Alcántara, enclavados en la sierra de San Pedro y limitando con la vecina Portugal, siguen invitando al misterio… 

¿Extraterrestres en la base aérea?

Los habitantes de Talavera la Real, en Badajoz, supieron desde que se instaló en su localidad la base aérea homónima que ésta serviría como revulsivo para el crecimiento del municipio. Pero, a buen seguro, nunca pudieron imaginar que en la susodicha tendría lugar uno de los fenómenos relacionados con los ovnis más extraños de la historia de España. Sucedió en la madrugada del 12 de noviembre de 1976 en la que tres soldados se encontraban de guardia. Los soldados, tras escuchar una serie de ruidos, tuvieron un breve encuentro con un ser resplandeciente de unos tres metros de alto. Asustados, los militares descargaron sus armas contra el engendro, que desapareció acto seguido. Al día siguiente, unos cincuenta militares peinaron la zona pero no encontraron ni los casquillos utilizados, ni impactos de bala en la tapia situada tras el supuesto gigante. Uno de los militares implicados, que se desmayó durante el suceso, tuvo problemas de salud que llevaron a su ingreso en los días posteriores. Sus problemas, que fueron calificados de 'desajustes nerviosos' no volvieron a producirse posteriormente.
¿Alucinación? ¿Leyenda urbana? ¿Contacto real con un extraterrestre? En este caso, al igual que en otros muchos relacionados con la ufología, hay versiones contradictorias. El escritor J.J. Benítez, por ejemplo, ha sido uno de los defensores de que en la base aérea extremeña apareció lo que puede considerarse un tripulante de nave espacial. Otros no opinan lo mismo: «No digo que no ocurriese pero ese episodio nunca fue considerado por el mando de la base como un hecho del tipo ovni, o sea, asimilar la visión a un extraterrestre, sino como un incidente de otra naturaleza. El suceso tiene todas las trazas de un delirio alucinatorio por parte de una persona con antecedentes psiquiátricos, unido a histeria contagiada, miedo, confusión», explica Vicente Juan Ballester, experto valenciano que participó en la década de los noventa en la desclasificación de documentos sobre avistamientos de fenómenos extraños por parte del Ejército. «El Ejército del Aire sí creó un expediente del caso pero para señalar que no existía información al respecto, el expediente se abrió por las cartas llegadas al Ministerio solicitando información», añade.
El caso es que apenas unos meses antes, a principios de 1975, un controlador de la torre de control de la base aérea detectó también anormalidades en la pantalla pero éstas fueron archivadas por el Ministerio sin pena ni gloria. En 1967, los pilotos de un avión que se dirigía a la base de Talavera y que sobrevolaba la localidad de Montánchez también afirmaron ver un objeto extraño de aspecto cambiante.

Hay muchas regiones españolas pródigas en informes de avistamientos: «La provincia de Badajoz es una de ellas. En los años entre 1974 y 1980 concentró nada menos que el 35% de la casuística española de cincuenta años, de 1950 a 1999», explica Ballester. Misterios de la dehesa extremeña…

Extrañas luces en el cielo

Decir Valencia y ovnis es referirse obligatoriamente al denominado caso Manises, uno de los avistamientos más famosos ocurridos en España. El hecho se produjo el 11 de noviembre de 1979 cuando un avión de la compañía aérea TAE, con más de cien pasajeros a bordo, tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto de Manises debido a la posibilidad de colisión con unas extrañas luces rojas divisadas por los pilotos de la aeronave. Según comunicaron los pilotos, las dos luces iban acercándose progresivamente a la aeronave, generando un gran nerviosismo en la tripulación. Al no recibir confirmación de que hubiese otro vuelo en las cercanías, se decidió abortar el vuelo y realizar un aterrizaje de emergencia en Manises. El piloto de la aeronave comercial sufrió un ataque de ansiedad y pánico. Poco después del aterrizaje, un Mirage F1 despegó de la base de Los Llanos, en Albacete, con intención de identificar las luces, sin lograrlo.
El suceso de Manises generó todo tipo de hipótesis hasta que la investigación del ingeniero técnico Fernández Peris demostró que las extrañas luces observadas por los pilotos eran en realidad las llamaradas de las torres de combustión de una refinería de Cartagena. Aunque, evidentemente, hay quien no comparte esta tesis…
Unos meses después, el 31 de mayo de 1980, coincidiendo con la celebración del Día de las Fuerzas Armadas, también se detectaron varios ovnis en el cielo de Valencia, que al parecer fueron vistos tras la llegada del Rey a la capital del Turia. Se llegó a comentar que dos aviones que partieron de Manises intentaron sin éxito interceptar los artefactos, pero según la citada base aérea ningún Mirage despegó en la fecha indicada….
La Fundación Anomalía, www.anomalia.org, cuenta con el catálogo Cuco, documento unificado de casos ovni, que reúne catálogos de investigadores, regionales… con un total de 7.000 informes para España. Pero no hay que olvidar que muchos objetos voladores no identificados que dicen verse resultan ser falsas alarmas. Los ovnis pueden confundirse con aviones, globos meteorológicos, cohetes o misiles. Además, los estímulos astronómicos (meteoros, estrellas…) pueden explicar el avistamiento de falsos ovnis, así como fenómenos meteorológicos e incluso, causas psicológicas…
¿Cuántos casos de avistamiento reales han tenido lugar en España? El experto Vicente Juan Ballester afirma que es la pregunta del millón: “En España tenemos consignados unos 7.000 casos, de los que 5.200 están explicados. Pero esto sólo señala la falta de una verdadera investigación y la aceptación como extraños, por parte de ufólogos crédulos, de fenómenos que pueden tener explicación corriente”, señala.




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Norma fácil de acentuación en castellano



Ciertamente pueden parecer un poco embrolladas las normas de acentuación de la lengua castellana. Hay quienes nunca llegan a aplicarlas correctamente porque nunca llegaron a memorizarlas correctamente.
Y ahí radica precisamente su problema: en la memorización. Es mucho más fácil el aprendizaje cuando se comprende el porqué, cuando se ve la lógica del asunto.


El idioma castellano tiende a la simplificación, al mínimo esfuerzo para un máximo rendimiento, a una perfecta concordancia entre sonido y grafía. Y en esta filosofía encaja el sistema de acentuación, que tiene una función utilísima: saber cómo se pronuncia exactamente una palabra que leemos por vez primera y saber cómo se escribe un término que acabamos de escuchar también por primera vez. Y así poder otorgarle un significado preciso.


El método académico tradicional para la explicación de las normas parece demasiado engorroso. Obliga a clasificar las palabras en demasiados grupos (agudas acabadas en vocal, n o s; agudas no acabadas en vocal, n o s; llanas acabadas en vocal…) al que añadir acentos diacríticos y diptongos. 


Todo junto demasiado lío. Si se aprende bien, perfecto, pero si no se aprende bien…
¿No sería mucho mejor solamente dos normas y un poco de comprensión? Pues claro que sí.
Veamos. Las combinaciones de letras y sonidos en una lengua no son tantas como parece. Por ejemplo, son pocas las letras facultadas para situarse al final de una palabra: las cinco vocales y las consonantes n, s, r, l, d y z. Y entre estas consonantes gozan de mayor profusión la s, por los plurales, y la n, por las terminaciones verbales. (Algunas palabras terminan en otras letras, pero son escasísimas y generalmente se trata de extranjerismos).


Por otro lado, el idioma castellano es llano. La mayoría de palabras tienen su sílaba tónica en la penúltima sílaba.
Así pues, un grandioso porcentaje de términos castellanos son palabras llanas terminadas en vocal, n o s.


¿Y cuáles son las sencillas reglas de acentuación ortográfica?


A efectos de acentuación las palabras se concentran en dos grandes grupos exclusivamente:


1- Las que acaban en vocal, n o s, y que tienden a ser llanas.


2- Las que acaban en cualquier otra letra, y cuya tendencia natural es a ser agudas.


Una vez establecidos estos dos grupos, acentuaremos gráficamente las palabras que violen estas tendencias naturales. Consideraremos a la tilde como una especie de multa que paga la palabra por contravenir la costumbre de su grupo.


Y ya está: dos grupos y un signo de penalización. Eso es todo. Quien comprenda esto dejará de cometer faltas de ortografía.


En cuanto a las esdrújulas, sobresdrújulas, diptongos y acentos diacríticos:


Las esdrújulas castellanas acaban todas en vocal, n o s, así que entran en el primer grupo. Y las esdrújulas del latín u otra lengua utilizadas en castellano (como déficit, áccesit…), entrarían en el segundo grupo. En ambos casos precisarían tilde.


La tendencia natural de los diptongos es formar una sola sílaba, pues la tendencia del castellano es unir las vocales que van juntas. Si se pronuncian como dos deben llevar tilde para pagar penalización por salirse de la norma general.
Los acentos diacríticos no plantean ningún problema. Un poco de oído es suficiente.
Por ejemplo (y no colocaremos la tilde necesaria): 
Si lo se no vengo. Yo si se lo doy.
Aunque no hay acentos, seguro que se ha pronunciado con un golpe de voz más fuerte el segundo sí, afirmativo, que el primer si, condicional. Y también más fuerte el primer sé (forma verbal) que el segundo se (reflexivo). Y así con todos.
¿No resultan así más fáciles las normas de acentuación? ¿No son en realidad muy simples?


Nota: Los criterios para escoger los grupos se basan en la simplificación y la economía, como se apuntó anteriormente. Tomando como base el DRAE de 1992, las terminaciones en vocal suman 64.920 palabras sobre un total de 91.968 entradas, y si se les añaden las acabadas en n o s (sin añadir plurales ni terminaciones verbales) la cifra asciende a 72.504. Alrededor del 81% de palabras no necesitan tilde.
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Cerdos contra elefantes



Plinio El ViejoTodos tenemos en la cabeza que los elefantes fueron usados como “arma” durante las guerras hace siglos. Ciertamente, debía ser complicado luchar contra aquellos tremendos bichos con las armas de entonces. Pero es aquí cuando recibidos los sabios consejos de Plinio el Viejo.

Según indicaba Plinio, los elefantes tienen miedo y se asustan cuando oyen los chillidos y gruñidos de los cerdos. ¿Cómo hacer que los gorrinos armen jaleo? También resuelve este tema el sabio romano. Simplemente hay que empujar a los cerdos hacia los elefantes. O arrojarlos si es menester. Inmediatamente estos comienzan a asustarse y uno por miedo al otro y el otro por miedo al uno, ya está todo solucionado. Además, apuntaba, un cerdo herido chilla como un demonio, y es fácil que esto ocurra cuando se mueven entre elefantes.

Según parece, este método de ataque contra elefantes se puso en práctica con éxito en la guerra del Peloponeso y en algún otro asedio.


Fuente: Military’s strangest campaigns and characters de Tom Quinn
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La mujer que combatió en Waterloo



Según se cuenta, y comienzo así para que tengan ustedes claro que las tradiciones orales tienen ciertas carencias desde el punto de vista del rigor histórico, dos soldados británicos paseaban por el campo de batalla de Waterloo ejerciendo su derecho al saqueo. Más o menos establecido, este derecho ha estado presente a lo largo de la historia: el bando ganador tiene derecho a tomar bienes del enemigo.

Habían registrado un buen número de cuerpos haciendo acopio de relojes, joyas y todo lo que les parecía de valor cuando se toparon con un oficial de coraceros con su bonito uniforme. Puestos a registrar se llevaron la sorpresa de su vida: aquel oficial de coraceros era en realidad una mujer.

De acuerdo al lugar en el que estaba el cadáver y a su posición, la única explicación posible era que aquella dama había cargado en la batalla como parte de la caballería francesa. Esto es lo único que se sabe de aquella mujer. No se conoce su identidad ni hay explicación para su participación en la carga, pero esta historia se ha narrado durante siglos, desde el día siguiente a la batalla de Waterloo.


Fuente: Military's strangest campaigns and characters, de Tom Quinn
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Conan Doyle y el espiritismo



El escritor y médico inglés Arthur Conan Doyle (1859-1930) se hizo famoso por sus novelas del detective Sherlock Holmes. En ellas, el protagonista hace gala de un gran olfato psicológico cuando se trata de recomponer un rompecabezas de aparentes casualidades para resolver un caso embrollado.

CONTACTO CON EL MÁS ALLÁ
Sherlock Holmes es un buen observador, que sabe extraer conclusiones acertadas a partir de algunos cabos sueltos, basándose en la lógica y en la lúcida reflexión.
Pero al parecer la racionalidad del héroe literario no distinguía precisamente a su creador, sino todo lo contrario: Conan Doyle fue un ferviente adepto del espiritismo. Ya en los años 1885 a 1888 participó en sesiones espiritistas en que se practicaba el movimiento de un vaso sobre la mesa, y realizó con resultado positivo sus propios experimentos de telepatía con un amigo. Pero en aquel entonces el interés por los fenómenos paranormales y la cuestión de la posible comunicación con los difuntos era todavía una ocupación secundaria.
Cuando en el curso de la Primera Guerra Mundial el hijo menor de Doyle, Kingsley, murió de pulmonía, el escritor cayó en una tristeza profunda y trató de buscar consuelo en el espiritismo. Fue el físico e investigador parapsicológico Oliver Lodge (1851-1940) quien guió sus primeros pasos en este campo. Lodge también había perdido a su hijo en 1915 y estaba convencido de que a través de un médium podría establecer contacto con él en el más allá.
También Doyle creía firmemente en 1919 haber escuchado la voz de su hijo fallecido en una serie de sesiones con un médium galés. Escribió que "era su voz y hablaba de asuntos que el médium ignoraba". Poco después de esta experiencia pretendió haber visto apariciones de su madre y su primo que parecían de carne y hueso.
DEFENSOR DEL ESPIRITISMO
En las tres últimas décadas de su vida, Doyle fue un auténtico misionero de sus convicciones espiritistas. En Londres mantuvo durante años un "museo espiritista" y una librería especializada en literatura ocultista.
Fue presidente de diversas asociaciones espiritistas y viajaba sin desmayo para pronunciar conferencias en la que propagaba sus convicciones. Asumió la misión de convencer al mayor número posible de personas de esta nueva visión del mundo.
Atraídos por la fama del personaje, a sus conferencias acudían numerosos oyentes, que en muchos casos quedaron convencidos de la seriedad de su planteamiento.
Para dar mayor credibilidad a su exposición solía ilustrar sus discursos con "fotografías espectrales" -imágenes en que aparecen figuras fantasmales, como ocurre cuando se realiza una doble exposición-, realizadas y reveladas por él mismo. En su libro The Case for Spirit Photography comenta en particular estas fotografías de espíritus.
Dimitió de la prestigiosa Society for Psychical Research en señal de protesta cuando algunos directivos de dicha sociedad pusieron en tela de juicio la autenticidad de los fenómenos relacionados con el marqués Carlo di Centurione.
Cuentan que tales fenómenos se produjeron en el castillo Millesimo del marqués, en Italia, cuando este, actuando en calidad de médium, entró supuestamente en contacto con el espíritu de su hijo fallecido.
Doyle escribió una serie de obras en las que expone sus puntos de vista espiritistas, como La nueva revelación, El mensaje vital, Wanderings of a Spiritualist, The Edge of the Unknown e Historia del espiritismo.
CONAN DOYLE Y LOS ELFOS
Doyle también se interesó por los elfos, pequeños duendes unas veces altruistas, otras veces malignos de la mitología que en el curso del siglo XVIII se convirtieron en bondadosos seres naturales. En The Coming of the Fairies sostiene incluso que las hadas ocupan una rama propia en el árbol genealógico de la evolución. Estos habitantes sutiles de un mundo intermedio emiten, según él, unas ondas especiales que las personas normales no son capaces de captar. Pero aquellas personas dotadas de un talento especial pueden recibir esas ondas y ver de este modo a los elfos, las hadas y otros seres parecidos.
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El lenguaje de los lunares postizos



Parece que el origen de los lunares postizos se remonta al siglo XVII cuando la viruela hacia estragos en toda Europa. Son característicos de esta enfermedad los abultamientos y cicatrices que aparecen en la cara y en el cuerpo de las personas infectadas.
Los lunares postizos, de seda o terciopelo, con distintas formas (lunas crecientes, corazones, estrellas…) trataban de disimular las marcas de la viruela y era utilizado por hombres y mujeres.
El uso masivo de estos lunares condujo a la creación de un lenguaje silencioso – como el abanico -.
  • Un lunar junto a la boca de una mujer señalaba “quiero ligar”.
  • Un lunar en la mejilla derecha “estoy casada”
  • Un lunar en la mejilla izquierda “estoy prometida”
  • Un lunar junto al ojo “estoy cachonda” (perdón por la expresión tan vulgar)
Tras la aparición de las vacunas en el siglo XVIII y su rápida difusión se consiguió controlar la enfermedad y su uso pasó exclusivamente al terreno de la cosmética.


Fuente: Las cosas nuestras de cada día – Charles Panati
El lenguaje de los lunares postizos escrito por Javier Sanz en: Historias de la Historia
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